EXPERIMENTOS EN EL LABORATORIO
martes, 1 de marzo de 2016
lunes, 9 de noviembre de 2015
reporte de mantenimiento preventivo
REPORTE SOBRE LA LIMPIEZA DE
EL CPU.
Almonte
ortega miguel
Navarro
Martín Rebeca
Pachuca
Guerrero dulce Mariana
Ríos
de los Santos Carla Sararí
Rosas
López Leonardo Daniel
Juarez
Vázquez Ricardo
Antes que nada debemos tener limpia el área donde vamos a trabajar y esto lo hacemos con la espuma limpiadora y de ahí una vez que esté limpia, Comenzamos por apagar la pc y quitarle las tapas de los costados, es recomendable usar una pulsera antiestática antes de tocar algo (yo en mi caso nunca use una), pero es necesaria, ya que esto evitaría que los componentes se dañen al tocarlos, recordando que nuestro cuerpo aloja 3.3v que es suficiente para dañar algún chip o tarjeta madre.
Al poder visualizar los componentes básicos de la placa base y continuar con el mantenimiento debemos verificar los condensadores o capacitor, cuando un capacitor se daña primero tiende a hincharse y luego reventar expulsando un líquido marrón, si se encuentra con este caso es recomendable llevar a una casa de electrónica y pedir que se sustituya el capacitor por uno equivalente. En nuestro caso el CPU que utilizamos al principio estaba incompleto le faltaban todos los tornillos todos los cables desconectados y algunas piezas rotas por lo que pedimos un cambio de CPU y cuando lo destapamos seguimos el siguiente procedimiento:
1.-limpiamos la parte exterior del cpu para
evitar caer polvo a las partes internas.
2.-desconectamos la fuente de poder de la
placa base y de todos los demás componentes, y retiramos la fuente del
gabinete.
3.-Luego
sacamos las memorias y limpiamos los contactos (la zona dorada) con la brocha,
esto para eliminar la mugre y polvo que se acumula, impidiendo que haya buen
contacto con el slot de la placa base. En esta parte se Trata de no tocar los
chips y no doblar cosa que podría dañarlas (en este caso usamos el dieléctrico limpiar el slot donde va la memoria en la
placa base)
4.- Después
limpiar todas las tarjetas de expansión :tarjetas de sonido, modem, placa de
video, tarjetas de red, o cualquier cosa conectada a algún slot de expansión
que estemos utilizando, utilizamos la misma técnica con los hisopos de
algodón y también con la brocha.
La
placa base la limpiamos con el aire comprimido, sobre todas las partes donde se
vea más vemos polvo. Con mucho cuidado para no golpear los componentes.
REPORTE DE LIMPIEZA DEL TECLADO
Para este proceso antes de comenzar a
trabajar debemos tener nuestra mesa de trabajo limpia y despejada una vez que
esté limpia ya podemos empezar a trabajar para este proceso seguimos los pasos
siguientes:
Lo primero a realizar con el teclado es la de
remover las teclas, para esto utilizaremos nuestro desarmador de punta cruz.
2.- quitarlos tornillos en la parte de atrás y
retiramos la carcasa, una vez retirada quitamos con cuidado las placas y las
limpiamos con alcohol hisopropilico y limpiamos la carcas con la espuma.
3.-Después
de haber removido todas las teclas pasaremos a utilizar la brocha. (Se
puede usar el aire comprimido pero este no remueve bien el polvo solo lo
esparce). La brocha tiene que ser de cerdas suaves para que no dañe nuestro
teclado y para usarla tendremos que poner de lado nuestro teclado y pasar la
brocha de lado a lado por todos los rincones de este.
4.-Una vez
removido todo el polvo, se procede a utilizar la espuma; esta se utiliza con un
Magitel limpio y seco para aplicarla, se utiliza una porción moderada. Dando a
su paso con el Magitel una suave aplicación.
5.-Una vez
aplicada la espuma esperamos a que se seque, para eso pasaremos a limpiar las
teclas. Estas se vuelven un poco más complicadas ya que es limpiar una por una,
estas se limpian con un isotopo y espuma para remover todo el polvo que puedan
tener.
6.-Una vez
limpiadas todas las teclas se procede a colocarlas de nuevo a su lugar
correspondiente y ya colocadas todas las
teclas se ase la prueba de teclado; es decir se presionan las teclas para ver
si no tienen alguna falla (presenten dures al presionarlas.)
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viernes, 9 de mayo de 2014
martes, 8 de abril de 2014
¡DILES QUE NO ME MATEN!
Originalmente publicado en la revista América
Nº 66, agosto, 1951
(El Llano en llamas, 1953) Juan Rulfo
—¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
—No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
—Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
—No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
—Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
—No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
—Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
—No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
—Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
—La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y é, y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
—Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
—Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
“Y me mató un novillo.
“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
“—Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”
Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto —pensó— conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. " Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
—Yo nunca le he hecho daño a nadie —eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
—Mi coronel, aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
—¿Cuál hombre? —preguntaron.
—El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
—Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima —volvió a decir la voz de allá adentro.
—¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? —repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
—Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
—Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
—Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
—¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
—Ya sé que murió —dijo. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:
—Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
—¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
—¡Mírame, coronel! —pidió él—. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!
—¡Llévenselo! —volvió a decir la voz de adentro.
—...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
—Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
—Tu nuera y los nietos te extrañarán —iba diciéndole—. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
viernes, 14 de marzo de 2014
ESTRELLA DE LA CALLE SEXTA
Luis Humberto Crosthwaite
Sabaditos en la noche
Hey, hey, aquí nomás mirando pasar a las beibis. Todos los sábados me encuentras sentadito en esta esquina, tripeando, agarrando mi cura. ¿Ya viste aquella morra? Por eso estoy aquí, mirando mirando. Qué quieres que haga. Toda la semana en el trabajo, aguantando al pinche gringo, its tu mach. Éste es mi único desahogo. Para qué quiero otra cosa. Tuve muchas ondas en mi vida, tuve mi esposa, tuve mi hija, tuve mi casonona y mi carrotote. Eso ya pasó, carnal, ya es pretérito. Cómo te diré. No sé si me explico: yo no soy como cualquier imbécil que se la pasa guachando a las beibis, nel, soy un imbécil especial, al tiro. ¿Me entiendes? Ya recorrí el mundo, ya nadie me cuenta lo que es bueno y lo que es malo. Yo escogí los caminos y escogí también que mis sábados pasen en esta esquina.
Cuando me canso, entro a un bar, me echo unas cervezas y ya estuvo, laik brand niu. De vez en cuando pasa una beibi que le gusta que yo la este’ mirando, una de ésas que aguanta que le diga cosas locas y después no se enoja. Las detecto como
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florecitas campiranas y voy tras ellas para arrancarlas del suelo y oler sus raíces.
Primero camino de lejos, así, tanteando tanteando, le doy muchísimas oportunidades de que me vea, de que me barra con la mirada, saque sus conclusiones y se decida. En sus ojitos se nota la conclusión. Ahí voy acercándome, despacio, casi la toco con el brazo cuando le digo <<Guasumara, beibi, du yu fil laik ay du?>> La morra responde, <<Yo no te conozco, sácate, viejo cochino>>. <<Uyuyuy>>, le digo, <<se me hace que me confundí>>, y como que me voy, ¿ves?, meto las manos en los bolsillos y de reversa. La beibi puede ser muy orgullosa y de regreso me voy hasta mi esquina, ni modo, buenas noches; pero muchas alcanzan a decirme <<Ya me acordé de ti, ¿no eres el tío del Creizi?>>.
-Órale, pensé que no te ibas acordar, mija.
-Simón, ya sé. ¿Qué andas haciendo por aquí?
-Tripiando tripiando. ¿Y tú?
-Estoy esperando a una prima, la Priscila.
-Órale, simón. Creo que la vi por allá, no sabía que la buscabas, si no le hubiera dicho que aquí mero.
-¿Por dónde la viste?
-Si quieres te digo dónde.
-Sobres.
Y le caminamos para allá, para acá, para acuyá, entramos a un barecito oscuro en la Calle Cuarta, nos echamos un pisto, dos pistos. Ella empieza con una cocacola, tarde o temprano le sigue con una
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cuba y al final ya estamos tequileando. La mentada prima ni sus luces y la verdad es que yo creo que no tiene ninguna prima Priscila. Yo tampoco tengo sobrinos así que es un buen contrato éste que firmamos: el uno para el otro, meid for ich óder, ¿no crees?
Ya entrada la noche nos vamos a un hoteluco, ¿qué otra cosa puede hacer un par de mentirosos? Cotorreamos sobre cualquier tema. Yo los manejo todos: política, deportes, la canción de moda, lo que sea. Hasta que ella pregunta <<¿Cómo le haces pa saber tanto?>> y le digo <<Pos leyendo, mija>>. Y las morras alucinan con ese rollo. Como no conocen a raza que lea mucho, pues suponen que soy muy brillante, geniecillo; como si leer te hiciera inteligente, juar juar, de yoks on dem. Está bien, porque con ese cuento las Ilevo al hoteluco y en su alucine ellas se imaginan casadas con un genio y con muchos hijos que nacen hablando un montonal de idiomas. Y en ese mismo alucine, carnal, le siguen en mis brazos hasta el amanecer. Después, cuando llega la cruda de la mañana, nos ponemos la ropa, nos damos un besito y jamás de los jamases nos volvemos a ver.
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Hoy está haciendo calor, a veces hace frío o a veces llueve. Cuando llueve es una buena chinga estar aquí sentado en mi esquina, me mojo todito. Allí estoy, empapándome, singuin in da pinche rein, y la raza de los bares a mi alrededor, los cantineros y los meseros, me dicen <<gringo loco>> y se ríen, me cae que se ríen como si fuera muy chistoso. Yo no les digo nada porque ya los conozco: Beto, Raúl, Pastor, Rudy y Laurita la delgadita. Para comenzar ellos saben que yo no soy gringo, no como ellos me dicen, ¿ves? El gringo es otro rollo, se cree dueño del mundo; yo no, yo nomás tengo esta esquina, este pedazo de banqueta que es mi universo.
Mi patrón, ese güey sí es gringo, para que veas, a pein in da faquin as. Yo soy otra onda. Claro que no soy de por aquí, cómo explicarlo, sí soy gringo y no soy gringo, ¿me entiendes? Hay más unión entre esta raza, entre los meseros y yo, que con toda la bola de gringos-güeros-atole-en-las-venas. Éste es mi paraíso. El pasado agrio lo dejo allá en el norte, del otro lado de la frontera, como se dice.
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Todo se queda en los Unáired, el patrón y toda su gente, y yo aquí le sigo, con mi esquina, semana tras semana.
Laurita la delgadita no se ríe ni se burla de mí, tengo que aclararlo. Me refería a los batos; Laurita la delgadita no. Ella es una morra que no-tiene-mucho-que-decir, no se mete con nadie. Cuando decido entrar al bar me gusta que ella sirva las copas y como ya sé cuáles son sus mesas, pos por allí me siento y ella siempre está sonriente y yo nunca le he tirado la onda, de veras, no le he dicho cosas locas como a las otras beibis. La verdad es que Laurita la delgadita se lo merecería, para qué negarlo, con mucho gusto, casi como un deber, le mordería los huesitos y le chuparía el tuétano toda la noche. Pero no sé. La veo y no sé.
Por eso a veces decido no mirarla. Me sirve el tarro de cerveza y bajo la mirada. Así. ¡No se rían, pendejos! Bajo la mirada porque a veces su sonrisa me deslumbra como el sol o me entristece como un eclipse...
¿Crees que te estoy cuenteando? Asómate a mis ojos, aguántame la mirada, ¿ves?, me quito los lentes oscuros, ¿ves? Soy duro como este piso, soy un tipo duro que se ablanda de vez en cuando con la sonrisa de Laurita que es suave y brillosa como el cofre de un carro recién pintado.
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He ganado muchos amigos, sentado por aquí. Batos desconocidos a veces llegan y se sientan conmigo. Como tú, como muchos otros que tienen ganas de platicar, se sientan calladitos y yo finjo que no los veo, como si mi esquina fuera esquina de todomundo y cualquiera se pudiera sentar aquí, democráticamente, sin importarme.
Los dos sentados, mirando a las beibis. El bato tarde o temprano me habla, me invita un cigarro, me dice que guache las piernas de aquella morra de minifalda. Yo sonrío, sin mirarlo, no quiero darle mucha confianza, no conviene si lo acabas de conocer. Mejor, si tiene algo que decirme que lo diga ya, que no se ande con rodeos, y nomás que no me salga con ondas extraterrestres, que no me lance rollos alienígenas porque no sé cómo, voy a responder. Lo que pido es respeto. Por eso me dice lo de las piernas con minifalda, creo, para dejar el asunto aclarado. Bueno, pues resulta que anda buscando a una morra. Simón simón, ese bato anda buscando a su beibi, su arroz con le-
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che y canelita en polvo que se le perdió hace tres meses.
-¿Desde cuándo? -le pregunto.
-Desde hace tres meses.
-Uy, compa, si se largó hace tanto tiempo no es que ande perdida, es que ya no quiere contigo. Ella es un adiós de esos que se dan en el aeropuerto cuando el vuelo no es redondo.
El bato se queda callado, pensativo. No dice más. Así que tengo que voltear a verlo, echarle una ojeada por encima de mis lentes oscuros porque me imagino lo que viene. Ahí está su cara triste montada en su cabezota. El pendejo está a punto de llorar, te lo juro, le tiemblan los cachetes y tiene la boca arqueada como si estuviera a punto de caérsele al piso. Eso si que sería extraordinariamente mala onda, un bato llorando por una morra, y luego en mi esquina y delante de todomundo como si yo fuera el que lo hace llorar y no su beibi ausente.
-Espera espera -le digo-, no me digas que vas a chillar porque eso sería extraordinariamente mala onda, no se hace en público, compa, aliviánese o márchese que en esta esquina sólo hay lugar para un corazón flagelado.
Lo bueno es que se aliviana. Yo ya estaba pensando, en recurrir a la fuerza. La verdad que no estaría bien golpear a un hombre que está llorando, eso está en el mismo nivel que golpear a un pinche cuatrojos; pero también la paciencia se colma y derrama sus aguas salvajes. El bato deja de amenazarme
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con su alma herida y yo alcanzo a decirle <<Está bien pues, ahora lárgate mucho>> y el bato se larga mucho no sin antes decirme <<gracias>>. Un pobre <<gracias>> que de nada me sirve esa noche ni la noche siguiente, un <<gracias>> para tirar a la basura y olvidarse de él.
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Te voy a decir cómo es esta calle, cómo es mi esquina, cómo es la raza que pasa por aquí en las noches. Sí sí, se trata de mi interpretación personal, ya sé que tú también puedes verla. Ya sé, ya sé, no me interrumpas: la calle es una línea recta, sucia, rodeada de cantinas, farmacias, hoteles, congales, restaurantes y muchísimos lugares que venden artesanías. No tiene una iglesia o una cruz roja que la redima y la salve del infierno cuando se muera.
Mi esquina está en la Calle Sexta, no es distinta a otras esquinas en la Calle Quinta o en la Tercera, la diferencia recae en que yo estoy sentado aquí todos los sábados mirando a las beibis. La raza es la misma: la mayoría son gringos gritones, morros que llegan en montón, que se meten a un bar o a un cabaret y que salen emborrachecidos y más estúpidos que cuando entraron.
Las morras gringas me ignoran como princesitas, ya ni me acerco porque no tiene caso. Así les hables en inglés o en chino se hacen las desentendidas. Guasumara, beibi, y pasan a mi lado con
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gran indiferencia, sus ojos ni siquiera ya sabes, ya sabes.
Al principio les hice la lucha, por qué no. Lanzaba mi mejor verbo, cantaleaba una melodía cursilona de los Beatles, les bailaba como da biguest ful on da jil, les contaba un chistecito, les preguntaba <<,¿Javen ay sin yu bifor?>> Todo el chou y nada. Como si yo fuera el hombre invisible y se me hubieran olvidado las vendas en mi casa, ¿me entiendes? Nogüer man. Colorín Colorado. Así que mejor me dedico a las mexicanitas que son más corazón, menudo, chuleta y, sobre todo, teik not, mi extraordinaria y mortal debilidad en el universo. Hasta un NO gordote y relleno de mostaza les aguantaría a esas morras, favor que me hacen al fin y al cabo por estar aquí adornando el mundo con su presencia, como si fueran foquitos de navidad en el árbol de mi vida.
Otra raza que hay por aquí son los polis. A esos ya los conozco de nombre y a veces tengo problemas con ellos. Ni modo: no soy monedita de oro para caerle bien a todos.
<<Cuidadito, no se vaya a portar mal esta noche>>, me dicen con la burla en el rostro.
<<Buenas noches, oficial Mendoza, oficial Castillo>>, les respondo, <<cómo creen, ni un 10-38 ni un 10-39 habrá en esta noche linda y plagada de estrellas.>>
Ellos navegan en sus patrullas toda la noche y parece que enderezan la espalda cuando pasa frente
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a ellos una beibi hermosa. Al rato ya los descubres agachados y arrastrando los puños en el suelo como son por naturaleza.
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Es el mejor lugar para estar solo porque nunca lo estás. Si tienes ganas de pensar, aquí no puedes. Si te invaden los recuerdos, aquí les pones un alto. <<¿Yu guan a taxi?>> Miras a la gente, sus rostros felices, bravos, furlosos, toda la noche, uno tras otro, los ojos redondos y rasgados, las cabezas rapadas, los cabellos lacios, chinos, ondulados, rubios, oscuros, verdes y azules, la piel morena, blanca, negra, los ceños fruncidos, las carcajadas sonoras, los cuerpos flexibles, las sillas de ruedas, pásenle, pásenle, aquí hay paso para los encantadores y los enfadosos, para los saludables y los moribundos, <<taxi taxi>>, sexo en los carros, en la gente y en los basureros, cualquier mirada es sensual, cualquier par de labios, de piernas, de axilas, los olores dulces, perfumados, sudorosos y podridos de las alcantarillas, litros, hectolitros de cerveza, megagalones de licor, costales de droga y dólares, billetes verdes moviéndose entre dedos, deslizándose entre piernas, atrapados en pantaletas y calzoncillos y música, tecno, rap, disco, salsa, rock, norteñas, un paso es una melodía dis-
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tinta, el catálogo completo, cielo e infierno, la bondad, el carisma, el odio, la venganza, todo está en venta, alimentos, tragos, cuerpos, objetos hechos a mano, objetos importados de tierras lejanas, <<taxi taxi>>, ¿te gustan los hombres?, ¿te gustan las mujeres?, ¿te gustan los hombres y las mujeres?, aquí te pierdes o te salvas, aquí descubres tu verdadero yo, el último grito de la moda.
-Ser, ¿yu guana taxi?
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A veces platico con el Beto. En esas noches que Laurita la delgadita anda de mal humor y yo parezco un par de zapatos viejos y estorbosos, me acerco a la barra y dejo que el Beto me cuente las penas de su vida.
-¿Qye no es al revés? -le pregunto-, ¿a poco no llegan los batos y confiesan sus broncas a los bartenders, y éstos siempre aconsejan buenos rollos como si fueran su mejor compita por sécula seculórum?
-No seas bruto, es puro cuento.
-Yo suponía que era un requisito.
-¿Requisito?
-Para conseguir trabajo de barténder.
-No no, ni los cantineros ni los peluqueros ni los sacerdotes son así.
La realidad es que el Beto debe entenderlo bien porque él ha intentado un poco de todo eso. Está igual que yo, con los años encima y sin un futuro con el que se pueda contar para lo más mínimo. La diferencia es que yo brindo con una cerveza en
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la mano por todas las malas ondas del pasado, me río de ellas, las reto, les escupo a la cara, las estrujo y a veces, en los mejores momentos, las echo de mi vida, por ser recuerdos malagradecidos. El Beto, pobre Beto, carga sus penas como si fueran una gran cruz de madera, clavos oxidados traspasando las palmas de sus manos, sangre chorreándole por la camisa y el pantalón, ensuciando el piso del bar.
-Aliviánese mi Beto, tómese un tequilita, its an mi.
-No no, trabajando no se puede.
En cuanto se aleja el Ciruelo, no se echa un tequilita sino media botella de un trago. Órale, así se hace, como en película de Jorge Negrete, aaaaaajajay, muy bien.
Lo digo desde ahorita para que sea claro como el anís del chango: no lo he visto derramar una sola lágrima. Sus ojos brillan de vez en cuando pero es igual que conmigo, el brillo de la puritita nostalgia: esa certeza pinche de que los ausentes ya no volverán.
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¿Cuánto he leido? Uy, te puedo dar listas y listas, beibi, te puedo contar grandes aventuras que sólo han pasado dentro de un libro. Pero no te voy a decir ni un solo título, eh. Tampoco te recitaré un poema aunque las estrofas me bailen en la cabeza.
Trato de olvidar la poesía, ¿ves? Los cabrones versos no se alejan, se aferran, son mi condena. Juré que nunca iba a leer otra página, por Dios, dije, por el Diablo, dije, no voy a tocar un libro, voy a olvidar mis lecturas. Esas palabras se borrarán de mi memoria como si jamás hubieran pasado delante de mis ojos.
Ese fue mi juramento estúpido y mi condena fue haberlo intentado. La poesía no se va, beibi, es un tatuaje en el cerebro. Cada verso gira en tu cabeza para siempre y cuando te mueres supongo que es lo último que escuchas: la poesía imborrable, crónica, mortal, incurable.
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Cien dólares en la bolsa. Mucho o poco, depende de lo que quieras hacer. Puedo encaminarme dos cuadras y ver a los niños vascos, aventando su pelotita contra la pared, o puedo sentarme por ahí mismo y mirar las carreras de caballos o el box en la televisión. Así le puedes decir gudbay a tu dinero en un par de horas y ya que no tienes monedas no sirves para nada en esta calle vividora, nadie te fía, ni siquiera el Beto que es compa.
A veces entro a La Estrella para bailar con las doñas una cumbia calientita que despierte las piernas.
El baile es un ritual sagrado para ellas, algo así como rendir juramento o declarar un testimonio ante la corte, como promulgar derechos o recibir el sacramento, como si ellas estuvieran en misa y la oración fuera la cumbia sabrosona, amén. Son unas auténticas profesionales que no sonríen cuando bailan. Se sumergen en la danza y uno hace lo mejor para seguirles el paso, uno-dos, uno-dos, nunca resulta, dis bato eint meid for dat chit, las ando
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pisando y ellas me dicen <<Don guorri, mijo, its part of da yob>>. Siempre lo mismo, ya bien ensayado. Luego le pregunto a Margarita la doñita, enmedio de una cumbia, uno-dos, uno-dos:
-¿Ve aquella señora?, ¿la mira allá en el fondo?
-¿Qué tiene, mijo?
-Se parece a mi mamá, que en paz descanse.
-Ya me lo dijiste, mijo, ¿no te acuerdas? la semana pasada.
-¿Cómo se llama?
-Ya te dije, no lo vuelvo a repetir.
Su nombre es Azucena: cara redondita, arrugas onduladas, labios iguales que mi mamá. Yo creo que muchos batos le han dicho que se parece a sus mamás porque cuando me acerco, mis palabras se esfuman entre la música y el humo de los cigarros, no significan nada para ella; las guarda en su monedero y se acabó. <<A bailar, ¿sí o no?>>
Ella no es de las que platica, quizá la única diferencia con la auténtica móder que escurría sonidos por todo el cuerpo. <<No búlchit, yas dans>>, me dice, aunque le insista que me hable en español. Tal vez Azucena es como la madre de todos los que entran a este congal.
-Estás loco, güerito -me dice Margarita la doñita, bailando, uno-dos, uno-dos.
Tal vez Azucena es la madre de todos los batos que vienen a bailar y de los pinches policías y de los gringos que se emborrachan en esta calle. Tal vez ella lo entiende muy bien; por eso no contesta
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cuando le digo esas cosas, y baila las cumbias como si no hubiera otra cosa en el mundo.
-¿No será una buena explicación para su apatía?
-¿Para su qué? Puros inventos míos. Lo más seguro es que guarda su silencio porque nada le importa en el mundo, incluyendo mi vida y mis estúpidas palabras.
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Oye, Laurita, ¿me dejas hacerte una pregunta? Una pregunta inofensiva, íntima, una pregunta que si no quieres responder no hay bronca, una pregunta sin conflicto ni compromiso, que no te obligue a contestarme con una frase célebre como <<¿Acaso estoy en un lecho de rosas?>>, o te haga cambiar tu concepción del mundo, de la vida, de este viejo borracho o de lo que quieras; una pregunta sin mayores intenciones que una respuesta llana que dé pie al rollo que estoy a punto de soltar. ¿Me dejas hacerte una pregunta?
Ándale, Laurita, una pregunta antes de que te vayas a rondar las otras mesas o de que el Ciruelo te diga que no pierdas tiempo cotorreando con los clientes. Más vale que se calme ese bato, que no te eche esas miradas de patrón de la Gestapo que al cliente lo que el cliente pida y a Dios lo que es de Dios. Ándale, Laurita dientona, sonrisita minifaldera, ándale, ¿qué te cuesta responderle a este Viejo su pregunta que no es de malas palabras sino muy sincera y proveniente del alma?
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Mi corazón no se lo enseño, Laurita, me cae que no se lo he enseñado a nadie desde mi otra vida. ¿Ya te dije que tuve otra vida, que morí, que volví a nacer como en una faquin reencarnación? ¿Ya te dije que yo era mejor en otro tiempo?
Ah caray, me traicionan las cervezas: ya estoy diciendo pendejadas.
Bueno, la verdad es que en la historia del ser humano hay delantes y patrases, y si pudiera hacerte un dibujo pensarías que es una carretera, simón, pensarías que es un mapa porque eso es la vida, rectas, curvas, vados, puentes, accidentes... Mira esta raya: el punto de origen es cuando naces, luego le sigues le sigues y pasa tu infancia y adolescencia y por allí el camino empieza a convertirse en dos. En esa época tomas decisiones elementales que bien podrían cambiar el rumbo de la carretera.
Guacha: yo estaba enamoradillo de una pecosa con trenzas, yo tenía veinte años y ella tenía dieciocho y nos dábamos besitos en las calles oscuras a escondidas de su papá. Yo me quería casar, Laurita, me quería casar porque en esa época el amor era para mí un besito en la calle; ella no estaba segura, ella pensaba como si ya fuera grande y me hablaba de terminar la escuela, ir a la universidad, ser doctora o ingeniero o ya no me acuerdo qué. En fin, le puse un ultimátum, así: o te casas conmigo o me voy a la chingada en busca de otras pecosas y trenzudas. Tengo bien grabado su rostro lleno de espinillas, Laurita. Nunca he visto tantas lágrimas en una
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sola cara, lloró como si fuera el gran diluvio, me cae. La condenada chamaca chillaba y chillaba como si le hubiera roto el pie derecho o le hubiera dado un golpe en el cachete izquierdo, me cae. Lloró tanto que empezó a dolerme. Sí sí, aunque no me lo creas, el llanto de otra gente puede dolerte en ciertas regiones del cuerpo. Empezó a dolerme por aquí, mira, donde me habían hecho un tatuaje con su nombre. Este pinche tatuaje no se quita ni con Ajax, me cae. La abracé y le pedí perdón y disculpas y le conté chistes y le inventé historias. Hasta le improvisé un poema, Laurita, el primer poema que yo inventaba y que hablaba de sus ojos cafés y de sus manitas finas con el anillo que le regalé. Y a que no sabes qué: dejó de llorar, la condenada. De pronto dejó de llorar y me dijo, más o menos <<Qué gacho eres, yo pensé que me querías y resulta que no me quieres>>.
Tuve que explicarle, utilizando los mejores argumentos veintiañeros, que me había equivocado, que así pasa a veces, que uno comete errores, que no debía tomármelo a mal...
La pecosa se hizo de piedra y me mandó a volar con la dignidad de una aristócrata solterona.
Yo me encabroné tanto con ella que casi tumbo la puerta de su casa con los gritos que le echaba desde fuera. Después de un rato, su papá salió y con mucha cortesía y elegancia me dio una sarta de patadas en el culo, o sea en mi orgullo, que era lo mismo, y escapé aullando como un perro que arrastra consigo el corazón averiado.
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Sufrí, sufrí, sufrí, sufrí, sufrí, sufrí, sufrí, sufrí, sufrí que no te imaginas.
Ni se me ocurría que cuando ella eligió no casarse, la carretera comenzaba a girar hacia otro rumbo, y lo que sucedió después, bueno y malo, hasta este lugar, hasta esta cantina, hasta esta mesa, hasta el Ciruelo mirándonos así, se debe, en parte, a la pecosa orgullosa y pinche que no se quiso casar conmigo cuando yo tenía veinte años.
Por eso mismo necesito que me respondas una pregunta. Una sola pregunta inofensiva, íntima, sin compromiso, que bien pudieras contestar o no. Una sola pregunta, Laurita. Pon atención:
¿Tienes papá?
Claro que ésa es la pregunta. No te rías. Es muy importante para mí. No es algo que se me acaba de ocurrir; bueno, sí se me acaba de ocurrir pero tiene un sentido específico. No te burles, Laurita, que es tan serio como las noticias del hambre y la guerra en el mundo, así que no te rías y que el Ciruelo se calme; si no, me levanto y ya verás cómo se pone el asunto. Está bien, está bien, me calmo para decirte lo siguiente:
Soy papá de nadie; fui papá de alguien, pero ya no.
Se me acabó la paternidad justo en este punto de la carretera, mira, aquí donde la curva se vuelve
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muy pronunciada, donde es peligroso, donde uno debe bajar la velocidad porque si no... A partir de ese instante el camino volvió a cambiar, dio una vuelta en u, se degradó, se acabó el asfalto, se volvió terracería...
Así fue cómo volví a nacer.
Ya estoy diciendo pendejadas, ¿verdad? Lo sé, lo sé. ¿Cuántas cervezas llevo? ¿Cuántas? Chale. Por aquí traigo un billete. ¿Qué te estaba diciendo? Ju quers. Ya vete, Laurita, no vale la pena golpear al Ciruelo.
Mejor termino esta cerveza y me voy.
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Margarita la doñita me dice <<Bésame aquí>> y le doy un beso justo donde me indica con el dedo. <<Ahora bésame acá>> y, como niño obediente, le entrego un beso jugoso en ese otro lugar. <<Abrázame fuerte>>, y la enredo entre mis brazos y le acaricio la espalda. Ay gat da point, doña, déjeme usted lo demás.
Le quito el cabello de la frente, le sonrío, toco su mejilla rasposa como lija. ¡Tire el chicle, doñita, por favor! Le voy a dar un beso muy parecido a los que untaba Clark Gable sobre las mujeres hermosas de Hollywood. Empezará con delicadeza, como plantando la primera semilla en un terreno que estará lleno de hortalizas; luego el beso tomará confianza, descubrirá en su piel un nuevo idioma y leerá para usted poemas que hablarán de la lluvia, de temas cursis que buscarán conmoverla hasta las lágrimas. Para finalizar, el beso fijará un estandarte y dirá <<Este continente es mío>>.
-Dígame, Margarita, ¿es eso lo que quiere?
-Sí, mijo, eso mismo exacto exacto es lo que quiero.
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-Ándele pues, doñita, cierre sus ojos que ahí le voy.
Ella cierra sus ojos y la contemplo unos segundos, la dejo que suspire y se desespere y se canse; justo cuando siento que los abrirá, enfadada, me acerco a su boca y le deposito mis labios, primero con suavidad, después con humedad y finalmente con deleite. Así lo hizo Clark Gable. Así besé a Vivian Leigh y a Carole Lombard, así con sus orejotas y su rayita de bigote, así así.
-¿Eso fue todo? -pregunta la doña Vivian.
-¿A poco quiere más? ¿A poco no vio estrellitas? Dígame la verdad: ¿a poco no volaron sus golondrinas hacia San Juan Capistrano?
-Lo, que tú digas, mijo.
-Mire, si no la impresiono con mis acciones ni con mis palabras, pos mejor me voy, doña. Al cabo que nomás vine por una cerveza.
-No me hagas eso; ya sabes que te estaba esperando... Yo te quiero con toda el alma.
-Juar juar, ¿no me diga que usted todavía cree en el amor?
-Y ¿por qué no?
-Calmada, doñita, como diría el poeta: <<Amor, hagamos cuentas. A mi edad no es posible engañar o engañarnos>>.
-Tú no me entiendes, güero. Estás bromeando, como siempre.
-¿Qué quiere que yo entienda?, ¿sus palabras? No las entiendo ni las escucho. Son huecas como
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las mías, deshaciéndose por tanto uso y reuso, los mismos verbos conjugados hasta el desgaste como los pistones de una máquina sin aceite. ¿El amor? Le digo una cosa: yo no daría la vida por el amor; si llega o se marcha, me da lo mismo.
Le digo eso y me arrepiento. Así es uno de pendejo, así se la pasa uno diciendo y haciendo y arrepintiéndose después. De repente llega un silencio que se mete entre los dos. Un silencio estorboso que no se aleja. Me parece que algo se sale de doña Margarita, una luz, un resplandor. Lo veo escaparse de su cuerpo, dar unos pasos inseguros y luego alejarse corriendo. La doñita se echa un trago de mi cerveza y sonríe un poco, un poquito:
-Mejor no hablamos de eso -me dice-. ¿Bailamos la que sigue?
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¿Te digo una cosa, compa? Siéntate por aquí. Guacha: Laurita la delgadita tiene una sonrisa que me arroja sus dientes a la cara. Una sonrisa amplia, grandota, que le cubre el rostro como una media luna. Hasta puedo contar sus dientes: incisivos, caninos, premolares y molares. Cualquiera los puede contar y eso me da celos. Soy un bato que no está libre de celos, traigo mi colección en la cartera. Como estas fotos. Míralas bien porque rara vez salen de aquí y no las volverás a ver. Esta niña, ¿observas esa sonrisa? Mi-jiiiii-ta. Ripit after mi: mijiiiii-ta. No sé por qué te la enseño, será porque me brindas confianza, carnal, como si fueras un compa de hace muchos años.
¿Mis amigos de verdad?, ellos no conocen el dolor, son pretérito. No tuvieron que tragarse mi sufrimiento como si fuera un tarro de amarga saliva, los dejé en el pasado, en mi otra vida. Mis amigotes... tu podrías ser uno de ellos. Ya me olvidé de sus caras, ¿no eres uno de ellos?
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ME VALE MADRE, NETA.
Ahora he decidido nombrarte mi compita del alma y te voy a enseñar las fotos de mi cartera. A ver, a ver, ¿ya te aprendiste su nombre? Mi-jiiiii-ta. ¿Guats in a neim? Y esta mujer, mírala bien, mira sus ojos. Es-poooo-sa. Sus ojos, compa. Como dice la canción: necesitabas todo el santo día nada más para mirar en sus ojos. Y ésta otra foto, mírala, sin miedo, es mi móder, la matriarca misma, incubadora de mi vida, gordita y simpática, creadora de los mejores chiles rellenos de los Unáired Steits, que en paz descansen. ¿Quién falta en esta familia feliz? Adivina, ándale. Los hombres, los batos, los rucos. ¿Dónde estoy, dónde está mi padre? Un premio si adivinas. Estoy en mi tra-baaaaa-io, carnal, en la faquin escuela donde daba las faquin clasecitas a los niños enfadosos del barrio, ganándome el pan de cada día, enseñándoles el faquin inglés porque se supone que solo el faquin inglés pueden hablar en mi país de mierda, land-of-da-faquin-fri. Nada de español, ¿ves?, nada que se le parezca. Por eso he decidido, damas y caballeros, que de hoy en adelante, mi lengua será el spánich, ¿qué te parece? El spánich and ay guont spik enithing els. ¿Qué te pasa, carnal? ¿A dónde vas? Te falta una foto. ¿Por qué no me preguntas dónde está el patriarca? No te vayas, no des un paso más o voy por ti.
¿ME OISTE?
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¿Y el papá? Ese güey ni sus luces, carnal. Si tuve un padre y él sí tuvo un hijo. Guacha: te lo puedo dibujar. ¿Ah, no? Pues aunque no quieras, imáginate la foto. Six-fut-faiv. Grandote, el condenado. Güero güero güerísimo con el pelo lacio color dorado como las pinturitas de aceite marca Testone. Ah, ¿se parece a mi? Ni de chiste. Mira bien la foto, ¿qué no lo puedes ver con su portafolio y su tri-pis-sut y sus tarjetas de presentación y sus zapatos recién boleados?, ¿no lo puedes ver? ¿A dónde vas?
MÁS VALE QUE NO TE VAYAS.
Vendía faquin aspiradoras de la Kenmore. Unas faquin aspiradoras que no se descomponían y que recogían los líquidos tan bien o mejor que los polvos. Señora, ama de casa: estas maquinitas son una ganga a este precio y además en cómodas mensualidades para que le rinda su dinerito y su hogar sea siempre dulce hogar limpiecito como su vida, señora. ¿Tú crees que ese bato se parece a mi?
Nunca
Nunca
Nunca
me lo vuelvas a decir.
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Ahí viene la policía guans aguén. Ahí vienen a recoger al güero. Ahí vienen. ¿Cuáles reglas hemos roto cómo lo llamamos qué clave le ponemos? 10-38 10-39 ¿Cómo le llamamos cómo aplicamos el reglamento qué hacemos con este sujeto pobre sujeto que no tiene nada nada en la vida? Se está pasando se está pasando de listo se está volviendo gritón y escandaloso y molesta a los que circulan por la calle y detiene a los transeúntes y les dice les cuenta les enseña los harapos de su vida. El pobre tenía un pasado. Se lo quitaron. Así así se lo quitaron de encima. Tenía un pasado tranquilo que podía planchar y podía ponerse como ropa en los días de fiesta. No le han dejado nada al pobre. Por eso estoy aquí molestando arrojando mi desilusión por la calle como confeti. Déjenlo oficiales déjenlo en su nostalgia en su pasado. ¿Para qué se lo llevan qué harían con él qué haría cualquiera con él? 10-42 10-43. Todo tranquilo señor policía mejor ahí lo dejamos y aquí tiene por sus molestias aquí tiene por el favor que le hace ahí lo dejamos le juro que
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ya no hace escándalo. Guardo cualquier fechoría cualquier sentimiento en bruto okey lo guardo lo regreso a mi cartera lo hundo en el fondo de los recuerdos. Está bien está bien. 10-43 10-28. Debería existir una clave para los que tienen herido el corazón.
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Mira esto, Beto, mi último billete de la noche. Justo para la última cerveza. Ni modo, creo que no voy a tener para los sagrados alimentos de mañana. Dats laif. A veces es necesario escoger, cómo te diré, seleccionar entre lo que es vital y lo que es indispensable, entre lo que ayuda a vivir y lo que ayuda a sobrevivir. Eres un buen tipo, Beto, eres como un ángel de la guarda, triste y resignado a ser un ángel. Dime la verdad: ¿cuánta gente conoces que viene a hundir sus penas en esta barra? Chingos y chingos, ¿ a poco no? Soy uno de tantos, ya lo sé, mis penas son mayores o menores que las de cualquier pendejo. ¿Cómo me clasificas, Beto? Tú que eres un maestro del entendimiento humano debes saber qué tipo de borracho soy. A ver, a ver. Inciso a: borracho fulminante. Inciso b: borracho chillón. Inciso c: borracho escandaloso. Inciso d: al-of-di-abov. Tú debes conocer bien las clasificaciones. Hay unos que se ahogan por puro deleite, ¿no?, por pura diversión, porque la sobriedad es muy aburrida y necesitan darle un jalón
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de orejas a la neta que están viviendo. ¿No te parece, Beto?
-Te digo, la verdad, güero: lo único que quiero es que llegue la hora de cerrar y largarme a dormir.
Sabio ese Beto. Debe ser muy difícil tolerar a los borrachos; yo no podría, sé que no podría soportar los enormes rollos que salen de una boca apestosa a licor. Me cae que yo los mandaría a volar, lejos. Se requiere cierta disciplina, como la que tú tienes, Beto, para aguantarlos. La noche está llena de locos. Nunca sabes cuándo tu mejor amigo enloquece, se
vuelve otra persona y trata de matarte. Por eso es mejor desconfiar de todo mundo. No dejar que se acerquen, mantenerlos a distancia, ¿o no?
-Inciso e: borracho paranoico -dice el Beto y tengo la impresión de que será la última clasificación de la noche.
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El cansancio es traicionero. Lo tienes en el organismo Como una gripe infernal y a partir de ese momento quieres dormir, descansar. Laurita, en cambio, se mantiene fresca. Laurita que anda de un lugar a otro, sonriendo, limpiando las mesas, recogiendo los botes y los vasos. El Ciruelo la ha estado llamando desde hace rato, sentado en una esquina, fumando, echándose un trago bien servido a diferencia de los que generalmente sirven aquí. Laurita no le hace caso, es independiente, ligera, ave transparente.
-He allí un problema que está por venir -dice el Beto.
Yo procuro no hablar con el Ciruelo, ni me acerco. Es de esas personas con las que hablas una vez y decides ya no volver a dirigirle la palabra en toda tu pinche vida. Yo podría cambiar de congal; lamentablemente, está comprobado que en ningún otro se puede encontrar a una Laurita que te sonría con sus bellos dientes de verano. Pasarse el tiempo mirándola vale toditas las penas del mundo.
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Ya estoy exagerando otra vez, para variar.
El Ciruelo se levanta con toda la noción perdida de lo que es el equilibrio. Así, caminando como lo hace, no es la mitad de lo que era cuando estaba sentado, pierde toda compostura, ya no es el patrón rudo; parece un títere, parece que a1guien, un marionetero, lo mueve desde una altura incalculable.
Un hombre pocas veces tiene la oportunidad de portarse como un auténtico cáuboy. Cuando veo al Ciruelo jalando a Laurita y sacudiéndola, me vienen las películas que veía cuando era niño, esos duelos a mitad de las calles polvosas, esas victorias de los buenos contra los malos. Busco la pistola y el caballo, no hay nada a la vista. Beto enjuagando unos vasos y los demás clientes y meseros ignorando lo que estoy viendo. Tal vez ellos no vieron las mismas películas que yo, tal vez Alan Ladd jamás baleó al maldito Jack Palance en las películas de su vida. Nadie entiende esta invitación a luchar por el honor de una beibi desamparada.
El Ciruelo sacude a Laurita y ella se defiende como puede, luego se arma una escandalera de gritos que los parroquianos siguen ignorando. En las películas siempre hay una cachetada, ella a él o él a ella, un chingazo limpiecito que hace llegar a su climax el sáuntrac de la película. Aquí no hay cachetada, ella lo empuja con una rabia hermosa que yo no le conocía.
Comprendo que ha llegado la escena decisiva, la hora de enfrentarme a Jack Palance.
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Aunque no hay un espejo cercano que lo confirme, diría que traigo una mirada desafiante y el aspecto que sólo puede tener un hombre que se enfrenta a su destino. Por ahí escucho el sonido de mis espuelas raspando el piso de madera. Quihubo, partner. Me levanto de mi asiento y voy a dar el primer paso, desenfundar con velocidad luz. Me fallan las piernas y más bien acabo en el suelo. ¡Sóbate! Desde arriba, Beto se asoma y sonríe.
-Qué te pasa, güerito, no te andes cayendo.
La verdad es que no ando cayéndome, ya estoy caído. Y con mucha dificultad me levanto. Veo a Laurita saliendo del bar y logro sentarme de nuevo. El Ciruelo regresa a su mesa. Esta vez Alan Ladd estaba borracho. No cabe duda que los tiempos cambian.
-Creo que no te has dado cuenta -dice el Beto-, Laurita es la novia del Ciruelo. Al rato regresa, no es la primera vez que pasa.
Me gusta este desenlace para que Alan Ladd regrese a su casa y se deje de pendejadas.
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De lunes a viernes me dedico a reparar carrocerías. Sacar los golpes de la vida, enderezar láminas, poner bondo, lijar hasta la perfección, rociar de práimer y pintar. Es un buen trabajo, algo que se hace con las manos, en silencio. Tengo muchos años en el taller. Lo hago bastante bien.
Cuando salí de la escuela nunca imaginó que acabaría en este rollo, tenía el espíritu hinchado de tantos estudios, tenía grandes planes para el futuro, tenía mi familia, tenía mis amigos. Si me hubieras visto en esa época, carnal, me cae que no la ibas a creer. Caminaba derechito sin mirar el suelo. Me gustaba la poesía, me cae, así como se oye de ridículo; me gustaba leer poesía y novelas y cuentos y ensayos, todo ese búlchit me encantaba. También a
mi esposa. Nos pasábamos la noche leyéndonos leyéndonos mientras la niña dormía, a ver quién se acordaba de los versos más chingones. Era una competencia que ganaba ella por lo general. Citaba un poema que me mataba, un verso pequeñito que nos hacía llorar o guardar silencio. Entonces íbamos
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ambos, tomados de la mano, y nos asomábamos al cuarto de la niña para asegurarnos que estuviera bien, que la fuerza de ese último poema no la hubiera despertado. Estaba dormidita, en paz con el mundo, su pecho subiendo y bajando suavemente. Sus pestañas rizadas eran lo más elocuente que tenía; porque todo lo demás era chiquitito, una miniatura que comprarías en la casa de muñecas, nariz, pies y manos, no había nada similar o mejor en el universo, nada que se comparara.
De repente se acabó. Así como cierras un libro o una puerta o las manos. Paf. El final.
Cada automóvil chocado que llega al taller es un reto. Es un carro que debo dejar perfecto. A mi patrón le encanta que yo sea tan dedicado y tenga tan bien puesta la camiseta de la empresa. Perdónalo, es un pendejo. No se le ocurre que sus obreros tienen pasado; él piensa que nacieron el día que llenaron la solicitud de empleo. Perdónalo, es un pendejo. Cada uno de mis compas carroceros tiene su propia historia, su porqué está en ese taller. Ninguno que yo conozca puede decir que contestó <<carrocero>> cuando era niño y le preguntaron lo que quería hacer cuando fuera grande. A la mayoría se le antojaba ser doctor, el que más se acercaba le interesaba ser mecánico de las carreras Indianápolis. Yo deseaba ser profesor; me parecía que era muy decente pararse delante de los demás niños y predicarles la neta. Bueno, yo era un niño así que gua da fac podía saber. Quizás, si a1guien nos hu-
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biera explicado lo que hacía un carrocero, me habría gustado la idea. ¿Por qué no? Carrocero: dedicado a hacer que las cosas sean como fueron, capaz de borrar las huellas de los accidentes, devolver el pasado. Tal vez el niño güerito se habría parado y dicho <<¡Carrocero, simón, porque en mis manos estaría cambiar al mundo!>>
No aprendí ese oficio en la escuela, eso vino después. Si no, por lo menos tendría todavía mi carro. Estaría viejito pero con fuerza. Tal para cual, el dueño y su auto, diría la raza.
Ese carro no lo pude reparar. De seguro se fue al cielo, el pobrecito, a dónde más. Por eso le meto tantas ganas a mi trabajo, imposible explicárselo a mi patrón pendejo: cada golpe que saco, cada trabajo terminado es reparar mi carro que está en el cielo, me cae, y lo he hecho durante tantos años que te puedo asegurar que ya está nuevecito, brilloso, como cuando lo sacamos de la agencia.
Hubieras visto el gusto de mi esposa cuando le puse las llaves en la mano.
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Ah pues sí, semejante bruto. Igual se habrá enterado el estúpido de Copérnico que los planetas giraban alrededor del sol. Algo tan obvio como eso, carnal, algo en mis narizotas que tal vez nunca en la vida se me habría ocurrido. El estúpido de Copérnico también habría recibido la idea de un desolado barténder. ¿De qué otra manera pudo haber sido? Laurita también es un sol, ¿por qué voy a pensar que sólo existe un mundo girando alrededor de ella?, ¿por qué no imaginar otras órbitas con otros planetas y otros satélites y las estrellas y meteoritos y asteroides y el pinche Ciruelo? Y luego los imbéciles ni así le creyeron a Copérnico, pobres, ilusos, fanáticos, insolentes, borrachos, mediocres.
Ahora, ¿dónde está Laurita, por cuál vía láctea, por cuál callejón? ¿A poco supernova y foréver adiós? Pinchestúpido Copérnico, ¿por qué no me dijiste?
-Calmado calmado -se burla el Beto-. Bájale a tu drama, Libertad Lamarque: vas a ver que esa morra siempre regresa.
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La calle está despierta para todos menos para mí. Esto es lo malo de quedarte sin dinero. Cuando ya estás chupando el último cigarro, cuando das el último golpe y el humo se escurre despacito de tus pulmones, es mejor pensar en el regreso, encaminarte hacia la realidad, decirle gudbay a esta noche o decirle okey okey, nos guachamos nex wik.
No voy a decir que no contaré los días hasta el próximo sábado; ni modo, en el fondo soy un sentimental como cualquier abuelito de Heidi. No voy a clavarme en ese rollo. Nada es como estar sentado tanto tiempo que ya eres parte de la banqueta, igual que un semáforo. Nomás que yo no sirvo para dirigir el tráfico, neta, dejaría pasar a todo mundo y nunca les pondría una luz roja; un amarillo de vez en cuando para no dejar. Verde y verde y verde para carros y personas por igual. En un mundo donde yo dirigiera el tránsito, nadie chocaría ni atropellaría porque el tránsito sería del espíritu, incluiría viajes y vacaciones astrales, almas flotando: ahí va el alma de un taxista, bay-bay ta-
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xista; por allá va el alma de un travesti, bay-bay travesti; miren miren, el alma de una bailarina, mamacita, bay-bay bailarina, bay-bay mamacita. Lo mejor es ya no volver a tomar, venir la próxima semana, sentarme en mi esquina y no beber una gota. Sí, cómo no. Si la mitad de este buen viaje es la cerveza tequila whiskey mezcal vodka lo que sea. Okey okey, digamos que no soy el póster-boy de alcohólicos anónimos, sólo soy un borracho decente, calmado, ¿ya dije decente? Que me perdonen las almas morales si es que las he ofendido, bay-bay almas morales. Ni siquiera puedo continuar con esta dirección del tráfico. Sorri. Se me acabó el último cinco y sin un cinco no soy otra cosa que un borracho-lait, de esos que no vale la pena reconocer en la calle porque se acercan a bajarte una feria y unos cigarros.
-¿Con quién estás hablando, güero?
Me sorprende con su voz de ángel. A esta hora sólo hay ángeles y borrachos en la calle.
-Mira quién se aparece por estos rumbos, la perdida.
-Yo no soy ninguna perdida.
-No no no no no, no lo digo en el sentido de Agustín Lara. Lo digo dirigiéndome a la beibi que yo andaba buscando y no encontraba.
-Ay, ¿a poco me andabas buscando?
Quisiera decirle: Laurita la delgadita eres como un Alka-Seltzer, como una tacita de café caliente. Le digo:
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-¿Traes un cigarrito para un borrachito? Gracias. Neta que te he buscado toda mi vida.
-Voy, voy.
-Simón. Aunque tú me digas <<Qué te pasa, si yo no he circulado los mismos años que tú?>>, no importa, lo repito: te he buscado toda mi vida.
-Se me hace que andas hasta atrás; de todos modos me caes bien.
Quisiera decirle: Tú me caes en el corazón y lo agarras de trampolín. Brinca brinca en mi corazón. Le digo:
-Cómo no, mija, es que sientes la vibra. ¿Du yu fil laik ay du?
-A veces te pasas de listo: me has ofendido gacho. Yo me acuerdo que una vez...
Quisiera decirle: Por ti compraría un rancho donde yo pudiera tener un arado y una parcela. Le digo:
-Hey, hey, si no me acuerdo no es cierto.
-Qué cabrón.
-¿Guasumara, beibi?
-Ya no tengo trabajo, güero.
Quisiera decirle: Te llevaría a ese rancho y te cantaría <<De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera>>. Le digo:
-No te agüites, mija, ya era hora de cambiar. ¿Cuántos años tenías ahí?
-Seis meses.
-¿Tan poquito?
-Sí, bien poquito, ¿creíste que era más?
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Quisiera decirle: Me pararía en la puerta del rancho con mi escopeta cuidando que no vinieran bandidos a molestarte. Le digo:
-Pues... bueno... cuando uno tiene sentimientos tan profundos por una persona... es decir, como los míos por ti, uno supone que deberían haber comenzado hace unos diez mil años... digo, si se quiere pensar que los sentimientos son verdaderamente importantes. ¿O no?
-Quién sabe, no sé.
-Sí sí, aunque corra el riesgo de parecer un bato muy acá, debo decirte que muchas veces el amor trasciende las edades. Encuentros como éste, como el nuestro, no se pueden ignorar. El verano fluye en una dirección íntima, común a los dos.
-Uy, nunca te había oído hablar así de bonito.
Quisiera decirle: <<Y en ese ranchito...>>; pero ya es muy noche y a estas horas suele faltarme originalidad. Le digo:
-Hay tiempo para todo, Laurita.
-¿Cómo le haces para saber tanto?
-Pos leyendo, mija.
-¿De veras has leído mucho?
-Como para colmar los sentimientos profundos que siento por ti.
Quisiera decirle: No cabe duda que la cursilería cumple una función muy importante en la vida de todos los hombres. Me dice:
-¿Cuáles sentimientos profundos si yo ni siquiera sé cómo te llamas?
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¿Cómo te llamas, ¿güero? Nunca me has dicho tu nombre.
Hace mucho que nadie me pregunta eso, mija, creo que ya ni me acuerdo.
Ándale, dime, ¿cómo te llamas?
¿Para qué quieres?
Nomás, nomás. Tú ya sabes mi nombre y yo no me sé el tuyo.
Así es la vida, mija, una gran balanza con ventajas por un lado y desventajas por el otro. Yo, por ejemplo, tengo la ventaja de conocer tu nombre.
No estés jugando y dímelo.
Para qué.
Ándale. Por favor.
Okey. Me llamo Jean Claude Van Damme. ¿Qué te parece?
Uy, qué nombre tan raro.
¿Te gusta?
A ver, ¿me lo dices otra vez?
Jean Claude Van Damme.
Suena bonito, pero me daría miedo repetirlo.
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Sí, mejor no lo hagas, mija; mi nombre no se lo merece. Mejor dime palabras dulces al oído, despacito despacito, y repítelas toda la noche para que cada minuto detenga el tiempo y se atore, respirando, en las entrañas de mi reloj.
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¿Qué voy hacer contigo, eh? Se me ocurren muchas cosas, Laurita, no sé por dónde empezar. ¿Cuántos años tienes? La verdad, eh. Dieciocho, néver. ¿Qué te parece dieciséis? ¿Mentiritas? Qué caso tiene. Dieciséis como mi niña tendría dieciséis. Igual que mi niña linda. Terrible pensarlo. Terrible. Mejor no pienso en ella, mija. La nostalgia, la pinche nostalgia ya no es lo que era. Mi hija sonreía también, como tú, con toda su hilera de dientes blancos. Terrible terrible. Mejor ahí la dejamos. Que este cuarto feo en este hotel de tercera sea testigo de que no toqué a Laurita la delgadita, de que la dejé sana y salva, libre de tentaciones mundanas aunque la tuve al alcance de mis dedos lujuriosos. El que no ha pecado que arroje el primer condón. Sorri, niña. Its nat may stail. Estarás bien para el Ciruelo, eso a mí no me va ni me viene, asunto de ustedes dos. Así que deja de reír o de llorar o de cualquier cosa que hagas. Aquí no pasó nada, beibi. Tú eres el retrato de mi niña que me hacía falta, ese retrato que no pude tomar ni cargar en la cartera, el retrato de los
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dieciséis años que ella nunca cumplió. Mejor me voy a mi esquina, beibi, alguien por ahí pudiera estarme buscando, algún ángel solitario con ganas de invitarme una cerveza a cambio de escuchar sus pendejadas, its al rait wit mi, beibi, mientras lleguen las botellas este bato será el oído del mundo. Aiv gat nathin tu lus. Me voy, Laurita, me voy. Es cierto que desde hace mucho he querido estar contigo en un hotel, sobre una cama como ésta. Es cierto que ha sido mi fantasía recurrente. Es cierto que eres como un premio. Es cierto que tengo la idea de que te merezco aunque sea por una noche, que una beibi como tú sería el merecido trofeo por la vida agria de cualquier pobre hombre.
¿Por qué me voy? Muy buena pregunta, mija, y te la voy a responder. Me voy porque en la vida del ser humano... este... en la vida... llega el momento de la verdad... Sí, llega el momento de... llega el momento de decir ahora es cuando debo detenerme, ¿ves?, cuando debo decirme que tengo el derecho y la voluntad de vez en cuando, al menos, de no hacer lo que quiero hacer con el cuerpo... y con el alma...
Calmado, calmado. ¿Qué me pasa, qué estoy diciendo?
La verdad es que no hay mujer más perfecta que la mujer que está contigo en la cama, por más imperfecto que sea uno mismo.
Perdón, Laurita delgadita y hermosa y caliente y divina: tienes razón, creo que no me voy. Delgadita
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y seductora: ya era hora que le echaras tus ojitos a este viejo de limón.
Chiquilla: ¿crees que te iba a esperar toda mi vida hasta que te decidieras? Claro que lo habría hecho.
Laurita perfecta, entrante y saliente, Laurita de mi corazón latiendo: ¿crees que voy a dejar escapar el mejor final?
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Dominguito en la mañana. La verdad es que este bato no está nada mal, todavía le funciona la maquinaria. Eso sí, con Laurita no tuve mucho tiempo de aventarme el discurso de <<nos guachamos nex güik>>. Cuando desperté, la princesita ya no estaba allí, se había desaparecido, quizás convertida en Cenicienta y su taxi en calabaza. Ju quers.
Éste es un buen domingo, no es como otros. Salgo del hotel y la vida me recibe como a un compadre, con un abrazo fuerte y unas palmadas sonoras en la espalda. De cualquier forma, yo supongo que Laurita la delgadita no se puede archivar igual que otras morras. Aquéllas no regresaron, por más que llovieron promesas de aquí para allá y de allá para acá, yo permanecí en mi esquina y ellas nunca regresaron. Sach is laif. Yo creo que con Laurita la situación es distinta porque tiene que volver, al menos si el Beto no se equivoca.
Me parece que el próximo sabadito será un buen día para que el Ciruelo muerda el polvo, sí.
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Se me hace que ya llegó su hora y besará el piso como Jack Palance y todos los de su calaña.
Laurita: Te estaré esperando y te lleva montada en mi fiel tordillo hacia el legendario sánset de nuestros sueños, donde la palabra FIN dará comienzo a nuestra vida juntos. Juar juar. Cómo no.
Me despido de esta calle, de sus congales, de sus farmacias y de sus restaurantes. Más bien, yo diría -y perdón que me contradiga tan rápido- que lo mejor será cambiar de congal para la próxima semana, tal vez no sea mala idea moverme de aquí, sentarme dos cuadras adelante. Me han dicho que por allí también hay buenas esquinas.
Superado el asunto de Laurita, ya es tiempo de emprender la mudanza, el cambio de escenario. No sé no sé. La verdad: del dicho al hecho qué importa.
Me despido de los amigos y de los policías que ya se fueron a dormir, me despido de doña Azucena que nunca me responde el saludo y de doña Margarita que lo responde demasiado pronto. Los domingos son para descansar, para ver el beisbol, para vaciar de cervezas el refrigerador, para regar el jardín con el producto de mis riñones, para molestar a los vecinos, para etcétera. Onda de gringos.
-Hey, doña Margarita: ¿usted cree que soy un gringo? Dígame la verdad.
-Qué otra cosa, mijo, un gringuito como todos.
-Ayay, sus palabras me lastiman.
-No seas así, güero. Vine a buscarte.
-No empiece, doña.
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-Ahora sí llévame contigo. Ándale. Mi amor es bueno, ¿a poco no lo sientes?
Es hora de acelerar el paso. Ella me quiere guardar en su monedero con el resto de sus cacharpitas. Mejor ya váyase a dormir, doñita, le cuelgan las ojeras hasta el piso. No le importa: ella me sigue, me alcanza.
-Mira, güerito, traigo mi pasaporte. Llévame contigo, no seas malo.
¿El pasaporte? Trae también su maleta y su vida bien dobladita junto a sus pantaletas y brasieres. No tanks. Este buque ya zarpó y comienza a perderse de vista. Despídase, Margarita. Bájese de mi fiel tordillo que este caballo no es lo suficientemente grande Para los dos. Ahora sí se planta la palabra FIN en el horizonte y se acaba esta conversación. Por eso mejor le corro, rápido rápido me alejo de esta calle y de esta ciudad y de este país.
Si vas a huír, que sea de una mujer. Ésa es la moraleja de mi historia, la conclusión para todos los que conocen mi vida. Y cuando tienes la oportunidad de alejarte de una mujer, hazlo ya, no pierdas el tiempo. Hay amores por los que yo no daría la vida, ¿me entiendes? Mejor nos vemos el próximo sábado, nos guachamos nexwik.
-Por aquí voy andar, mijo, recuerda que yo... que tú... que los dos...
-Sí, claro -le digo desde muy lejos, desde ese punto en la distancia donde nadie te puede escuchar. Desde ahí y todavía unos pasos más adelante.
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